“En lo profundo del alma”. (John Zelsik)

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En tiempos de mitos y leyendas, una época en la que los dragones campaban a sus anchas sobre la faz de la tierra, un grupo de jinetes marchaba a hacerles frente comandados por su rey. Habían transcurrido veinte años desde la última vez que hombres y bestias se habían visto las caras. Un veterano de aquellos tiempos pasados puso su caballo junto al de un joven que se mostraba feliz por tener la oportunidad de combatir a los dragones. “¿Por qué tan contento, muchacho?” — le preguntó el hombre. El joven, sin perder la sonrisa, le respondió: “¿Por qué no iba a estarlo? Voy a enfrentarme contra esas bestias y cuando regrese me recibirán con honores. Seré un héroe”. El hombre soltó una carcajada. “¿De qué se ríe?” – preguntó ofendido el muchacho. Sin dejar de sonreír el veterano le dijo: “Déjame que te cuente una historia. Hubo un hombre, humilde, generoso, bueno. Siempre se mostraba tal cual era. Ese hombre era muy apreciado, querido y respetado, no sólo por los suyos. Un día los dragones aparecieron clamando venganza. Aquel hombre lo dio todo para proteger su hogar, su familia…Muchos de nosotros — hizo un gesto en referencia a los veteranos que iban en la compañía a lomos de sus caballos — les debemos la vida. Incluso diría más. Si no hubiera sido por él ninguno de nosotros, ni siquiera el reino, seguiría en pie hoy en día. En su último aliento de vida, mientras hacía que pusieran a salvo a su mujer, él solo contuvo a un dragón, y, pudiendo acabar con la vida de la bestia, se la perdonó. Gracias a ese gesto de misericordia la guerra terminó. Por desgracia también acabó la vida de ese hombre. Las heridas que tenía eran demasiado graves…No le importó nunca la fama. Ni lo que los demás pensaran de él. ¿A que no has oído nunca ninguna canción alabándole? En cambio del que hoy es el rey hay cientos de ellas cuando, en realidad, fue él quien agredió a los pacíficos dragones porque buscaba gloria y el que hace unos días volvió a hacerlo para demostrar que no es el cobarde que en realidad es. Ese cobarde rey que tenemos se llevó los honores de otro. La mayoría lleva máscaras, ilusiones de lo que queremos que el mundo vea de nosotros. Pero ocultar nuestro verdadero yo, sobre todo a aquellos a quienes amamos, hace que debemos pagar un precio por esa decepción. Quizás, a veces, demasiado elevado. Pero aquél hombre que dio su vida por sus seres queridos y su pueblo no le importaba mostrarse al mundo tal cual era. Sin querer aparentar nada. Sin esconder nada. Él sabía que la verdadera medida de la vida no era cuánta gente conoce nuestros nombres cuando muramos, sino las vidas de otros que tocamos mientras vivimos. Eso es ser un verdadero héroe. Dar la vida, sacrificar la vida sabiendo que aquellos a quienes salvas nunca lo sabrán…”. “¿Quién fue aquel hombre” — quiso saber el joven. El hombre, sin apartar la mirada del camino, dijo: “Tu padre”.

Para caminar por el sendero de la felicidad hay que empezar por sentirnos bien con aquello que hacemos. No por los demás, sino por nosotros mismos.

La empatía, el sacrificio, el amor…Esas cualidades se encuentran en lo más profundo, en la mejor parte del alma humana.

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