“Por el camino de la felicidad”. (John Zelsik)

John Zelsik
John Zelsik

Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo existió un poderoso hechicero que tenía tres hijas. Lo que más deseaba en la vida el brujo era que sus queridas vástigas fueran felices. Cuando llegó el día en que las tres jóvenes iban a casarse, su padre, el hechicero, como regalo de bodas les concedería un único deseo a cada una de ellas. “¿Qué es lo que más deseáis en la vida?” — les preguntó. La primera en responder fue la primogénita: “Quiero riquezas. Muchas riquezas. Un palacio lleno de oro”. Dicho y hecho.

Le llegó el turno a la hija media. Ésta quiso convertirse en una reina de un vasto territorio y ser la admiración y envidia de toda la corte. “Concedido” — dijo el hechicero —. “Y ¿tú? ¿Qué desea la más joven de mis bellas hijas?”. La pequeña de las tres hijas contestó: “Permitirme casarme con el hombre al que amo ya es el mayor regalo que podías hacerme, padre”. El brujo insistió a su hija para que pidiera algo pero ésta no lo hizo.

Años después el hechicero decidió visitar a sus hijas para comprobar qué tal les trataba la vida y si eran felices.

Comenzó yendo a ver a la mayor. Para mayor tristeza del brujo encontró a su hija abatida. ¿Qué le pasaba? La había convertido en la más rica. ¿Por qué no era feliz? La mujer le contó que al principio todo era maravilloso. Pero luego todo cambió. Vivía por y para el dinero. Su esposo la había dejado y ni se había enterado. Estaba más preocupada en ver cuántas monedas de oro tenía. Luego el dinero fue disminuyendo poco a poco, y con él, las pocas esperanzas que le quedaban.

Después visitó a su segunda hija con la esperanza de que fuera más feliz que la primogénita. No fue así. Ésta seguía conservando el marido al menos, pero estaban más preocupados en lo que pensaban los demás que en vivir como ellos querían. Todo eran apariencias. Que los demás, desconocidos, les veneraran cuando estaban delante de ellos, y les adularan, no les hacía más felices. Siempre pendientes de lo que los demás decían en lugar de preocuparse de las personas a quienes realmente importaban y tenían a su lado…no era vida.

Por último visito a la más pequeña de las hijas, la que no había pedido nada. Cuando entró en casa de la hija no albergó grandes esperanzas de que fuera más feliz que sus otras dos vástigas; una casa humilde y pocos lujos rodeaban la vida de la menor. Todo cambió al verla. Sonriente y llena de alegría. “¿Eres feliz?” — preguntó algo sorprendido el hechicero. “Depende qué sea para ti ser feliz, padre — dijo la hija —Pero así me siento. Mientras tenga a la persona que amo a mi lado que haga los malos momentos menos malos, y los buenos mejores; mientras pueda sobrellevar las desgracias inevitables que la vida me depare; mientras tenga un plato en la mesa y un techo que me cobije….mientras tenga eso estoy segura de que tendré una buena y feliz vida. Incluso con menos”. El brujo le preguntó sobre si no necesitaba oro o si no le preocupaba lo que otros pudieran pensar de ella. La hija le contestó que mientras tuviera lo que necesitaba para sí y los suyos no iba a dejar de dormir por tener una moneda más o una moneda menos. Las cosas materiales se quedarían atrás en cuanto muriese. Le dijo al padre que no se preocupase si la casa no era muy lujosa, vivían bien, no necesitaban aparentar ante nadie llenando la casa de cosas superfluas. La importaba bien poco lo que pudieran decir o pensar los demás. Lo único que importaba era la gente que realmente se preocupaba por ella. Era su vida y la tenía que vivir ella. No tenía que demostrar nada a nadie.

El hechicero se fue de la casa de la pequeña de sus hijas aliviado. Al menos ella gozaba de una buena vida.

El camino a la felicidad es un largo viaje. A veces creemos que la meta se encuentra en cosas que pueden llegar a evaporarse de la noche a la mañana dejándonos perdidos en la mitad del camino. Otras veces dejamos que los demás dirijan nuestro viaje. Y en las menos de las ocasiones sabemos coger lo que la vida nos da y sacarle el máximo provecho para poder disfrutar del viaje sabiendo que habrá que soportar tempestades a lo largo del camino, sin por ello dejar de seguir adelante con una sonrisa.

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